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Viaje a los sueños (polares)

Un par de vueltas

Un par de vueltas Sonaba el despertador cuando encendí el contacto del coche, rumbo a ninguna parte. En la radio, sonaba una vieja casette, que no era mía y que ya no recordaba cómo había llegado hasta allí. Alternaba canciones de Hip Hop con clásicos de los sesenta. Abandoné la ciudad al amanecer, contento de dejar atrás la aglomeración de seres humanos concentrados en un área tan reducida. Afuera, llovía aunque a lo lejos el sol brillase sobre el mar.

Comencé a rodar en sentido contrario a las agujas del reloj, intentando rodear la isla. Se sucedían los paisajes más variados como en un viaje alrededor del planeta; incluso en ocasiones parecía más Marte que la Tierra. Al atravesar un puente colgante que franqueaba el paso de un barranco, reseco tras las últimas lluvias, divisé dos chicas haciendo autostop; llamaron poderosamente mi atención. Detuve el vehículo y les pregunté adónde iban, aunque en realidad no importaba porque yo no tenía destino fijo; podía darles tres vueltas a la isla si me lo pedían. Se montaron en el asiento de atrás y pronto se quedaron dormidas. Las observé a través del retrovisor. Parecían regresar de una noche de fiesta en la playa; era muy temprano para regresar de tomar el sol. Pronto me olvidé de que las llevaba, y desaparecieron como por arte de magia.

Paré en un puesto de fruta al lado de la carretera y pedí una pieza de cada tipo para saciar mi hambre. A pesar de que había olvidado desayunar, no pude acabármelas todas, pero como fiesta para mi paladar no estuvo nada mal.

Continué mi camino, y al llegar a la costa del este vi como el sol se ponía desde los acantilados. A los pies, las olas rompian con fuerza y enviaban la espuma contra mi cara, que recibía agradecida el salitre que tanto echaba de menos. Aquella tarde estaba extrañamente positivo, y ni se me pasó por la cabeza lanzarme al vacío. Había tiburones en esas fechas. Y cosas peores.

Regresé al automóvil con la mejor de las sonrisas, y puse la cinta a dar la enésima vuelta a su reducido repertorio. Conducí de noche el último tramo hasta mi casa, sin apenas cruzarme con nadie en las calles desiertas. Parecía que en la ciudad había llovido sin parar, ya que todo tenía aspecto limpio. Pero no debía ser así, porque el olor a humanidad reconcentrada no había sido arrastrado hasta formar charcos hediondos, sino que flotaba aún en el ambiente dándome la bienvenida. Ni me pregunté cuántas vueltas segudidas había dado para acabar aparcando en el mismo lugar donde estaba el coche esta mañana.

Todo feliz abrí la puerta de casa y me encontré que el gato había por fin logrado sacar al pez de la pecera. Pobrecillos, los dos, era un pez venenoso. Descansen en paz.
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2 comentarios

Anónimo -

Pues no se si fue un sueño o una pesadilla

oroD -

Ni que decir tiene que te has lucido, chaval... Enhorabuena!!
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